Vamos queridas, no sean
ariscas, no se dejen degollar por mi inestabilidad;
Vamos queridas, vamos y
sufrimos esta y las otras vidas, ustedes son la inmortalidad de esta crueldad,
de este desazón del medioevo que me hace mujer de anhelos;
Vamos letras de color negro, melancólicas,
sollozas de mis pensamientos, salgan de esa caja que me retuerce las entrañas;
Vamos circulares y verticales,
tanto como quiero las horizontales y cruzadas, las escritas cursivas y las que
se quedan en la retina; ustedes mis amigas, las que me señalan y delatan; las
que se quedan en tinta.
Ustedes, tan escondidas, tan
imprudentes, tan yo, tan de otros, tan de nadie, pues ahora no son mías, no son
de quién lee, son libres, son ustedes. Yo ahí, sentada en la oscuridad de la
incertidumbre; sentada frente al horrible papel blanco; sentada en la madera de
mis sentimientos, esperándolas resurgir, hacerme resucitar con el elixir de la
creencia. En verdad ¿ya no? ¿Ya no se
molestarán por sentir mis lágrimas escurrir en ustedes y hacerlas borrosas? ¿Ya
no serán rebeldes e impuras para decir una que otra irracionalidad que me hace
tan feliz?
Bien, me voy entonces, pero me
voy mirándoles con los mejores de los pocos recuerdos que mi amnesia matutina
genera; vuelvan, cuando quieran estaré sentada en la mesa que tiene su silueta
marcada sin color, frente a la ventana de rejas que cubre mi cuarto. Cuando
quieran llegar les daré una paliza, no las dejaré descansar y verán en mí un
odio y desdén por todo, pero mientras tanto sabré fingir, sabré esperarlas,
pues en ustedes, leo lo que el espejo no me refleja.
Tatiana Castro
No hay comentarios:
Publicar un comentario