miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cuarto Zen 1

El fuego de los deseos se levantaban en medio de unas cenizas que no podían respirarse, se oscureció la vista, caímos en una superficie delicada, en un entorno que no daba cabida al olvido. La anterior sensación nos derretía el pecho, queríamos escapar del sentir un desprendimiento de la piel, pero no lo logramos, nos dejamos quemar, quedó cicatriz.

Al cuarto Zen no entrabamos acompañados, sólo nos permitían fumar el narcótico para llegar al climax de la alucinación y dejar que el cuerpo tuviese una metamorfosis en la que el alma se desprende de lo físico para divagar en el cuarto, mostrado entonces, verdades que no son visibles a la vista real ni a los sentidos comunes.

Volviendo de mi vecimoprimero desprendimiento, mi mente colapsa en una esquina del cuarto. Luego de las visitas al cuarto Zen uno no regresa del todo, siempre se deja un poco de verdad en este como pago por querer morir lentamente, por intentar el coma pertinente para llegar al olvido. Divagaba del cómo había llegado ahí, del cómo había perdido mi libro y del por qué un leve sonido de piano retumbaba en mi memoria como si mi cordura dependiera del bis de esa melodía.

Al comienzo de la divagación se topaban pequeños recuerdos, caras, texturas y oficios que mis manos realizaban. Uno de los recuerdos más nítidos era el de la casa con el buzón y el patiecito de piedras, podía aún sentir el frío de sus blancos pisos, lograba escuchar el chirrido de la verja roja, el olor a cortinas limpias y a fluidos corporales. Sin embargo, casi siempre que la mente intentaba reconocer la cara de cabellos dorados era la hora del cuarto Zen, de la dopamina que tenía al cuerpo estancado en aquel lugar de olores irreconocibles y de caras pálidas.

Mi primer encuentro en el cuarto Zen aún puede ser descrito. La señora N me permitió para ese entonces usar una bata y cubrir mi piel para protegerla del sudor ajeno del cuarto; me sentaba, aspiraba el narcótico sin mayor complicación, la ceniza de recuerdos se esparcía y luego, luego de eso… volvía a ser lúcida en el mundo irreal creado por las letras. Era colorido, un sol que tocaba mi piel y le brindaba una calidez única me hacía sentir en un útero iluminado, su conformación era de aire fresco, uno parecido al de las playas de Taganga en las que el frío logra complementar y nivelar el clima del cuerpo; los pies se sumergian en la arena mientras sonaba Norwegian Wood en el eco del infinito del escenario, miraba a todas partes, llegaba una sombra de mi misma contextura, un poco más menuda pero con carácter vivo, supe en ese momento que la sombra estaba más viva que yo.

Caminaba en el útero por varias horas, la sombra no dejaba de caminar detrás mío y tocaba mi hombro cuando el aire se tornaba denso y me era imposible respirar con tranquilidad, yo le agradecía con un ademán de querer darle la mano, pero, de la nada, la sombra no recibía mi gratitud, sólo se encogía en hombros y con una voz maternal me dice: -”Bienvenida al olvido”...