Para Dalí, CC.
No teníamos más de 25 años para ese entonces.
No me era fácil el lograr hablar, escribir me volaba la cabeza y leer paulatinamente me estaba haciendo enloquecer en silencio. Recuerdo su mirada, lo tosco de su ser en medio de los pasillos universitarios y también lo muy irritable que para muchos era su manera de comunicar y decir lo que pensaba. Era él, un número cero en la vida de este ente, una nada numérica que finalmente hizo consecutivos varios pensamientos.
Pasaba Murakami por ese entonces en las pupilas que me pertenecen, filosofando de la existencia, el amor y las metáforas ya extintas y utópicas en el día a día. La rutina del trabajo me agobiaba y así como este escrito, me indignaba el vivir.
Dalí, vaya metáfora, era él, un sin nombre que sin querer me hizo filosofar de más sobre la vida y sobre el querer. Voy a intentar, con modificación permitida un poco de su historia…
-¿Le gusta Rayuela?
- Sí, aunque no le niego que raya en cliché hoy en día, supongo que me hablará del cap. 7
-NO! no es cliché mujer, es sin duda una figura metafórica del verdadero amor.
-Supongo que ya encontró su amor.
-No, pero sospecho de una Maga…
-Vaya, la Maga, qué bonita metáfora para el lector, pero es más bella para aquella que sin saberlo se convierte en ese algo de alguien
Y así nos la vivíamos, metaforizando y generando hipérboles de la realidad. Yo, por mi parte sentía una fuga de mi ser al hablarle, sentía como tal vez Borges lo pensaba, un espejo, un reflejo, una bella amistad de babel que con el tiempo, nos haría perder en los laberintos de la vida.
-¿Ya tiene un cronopio?
-Cómo tenerlo, le recuerdo quién soy
-No puede ser fama, no puede ser nada, sólo un cronopio, un equilibrio intelectual para usted.
-Vaya, pues no, a diferencia de su suerte yo no tengo ni Mago… o algo que pueda adaptarse a un seudónimo Rayuelezco.
-Vieja, esperar, esperar y esperar…
-No sé qué esperar, hoy por hoy las distopías son lo único latente…
Nos sentábamos en los bares, recordando y escuchando jazz citadino; éramos amigos, nos podíamos mirar la punta del pie y ver que aún éramos un par de infantes en un mundo no descubierto, éramos la nada que esperaba ser el algo de nuestro congéner de amor.
La nada me invade, me encuentro en los momentos de releer Rayuela, de recordarla nostálgicamente y sin duda querer vivir Norwegian Wood, le guardaba secretos a Dalí, yo era una Gala liberada a la nada mientras él para alegría mía ya tenía un lugar… un algo.
Me acorralaba en mi locura, escuchaba voces sin sentido y unas de esas imitaban su tono, le recordaba como un impulso a la sonrisa y sus buenas porras para poderme enamorar de uno de sus amigos con el fin de poder creer en el sentir que me agobiaba diariamente. Pero así era yo, incapaz de decir el dolor de mi alma, entregándole a él mi ser para ser recordada de buena manera.
Mi última lectura fue Ciorán, mi lectura contundente para escribir lo que me hace hoy tener la “muerte bella” deseada. ¿Cómo era ella? Estaba en mis manos, el poseer mi vida y sentir vivir lo que ya necesitaba ver, sentir, oler y escuchar. Tuve un amigo, mi querido Dalí, tuve amor por él y tuve desdén por la lucidez que su compañía me brindó. Tuve un amor, uno no vivido, tuve algo a qué escribirle y me ilusioné de vez en vez. Caía en la locura, la lectura Rayuela y Murakami hacían de mí un ser polvo.
Mi querido Dalilesco, Buen viento y buena mar, recuerde que lo onírico revive las letras, aquello que no se logra aún vivir, ni tampoco palpar… Gracias.
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