jueves, 27 de octubre de 2011

Gala en los ojos de Dalí

La miraba por la ventana cada mañana en la que los tacones de sus zapatos azules irrumpían el silencio de la calle Hilton, sostenía con fuerza el bolígrafo y con su codo lograba que la hoja no se moviera de su lugar; se quebrantaba frente a tal furor con el que Gala abría la puerta y no salía de su casa hasta la sonrisa del atardecer.

-Quiero leerte- se decía Dalí
-Quiero pintarte- se repetía
-Por ahora, te descifro en la distancia, por ahora te miro desde el marco de la ventana sin rejas, de una ventana de la cual me iré de cara si te sigo observando de tal manera.

Al terminar el día que llamaba normal, Dalí iba a la cocina y se servía un café oscuro sin azúcar, se sentaba en la sala hasta las cinco de la tarde, tiempo en el que leía un poco de poesía para encontrar en palabras ajenas alguna semejanza a la silueta de Gala; terminaba su café y se dirige al encuentro con su musa del otro lado de la calle; levanta el delgado cuerpo, sube los escalones color vinotinto y abre el picaporte rechinante del cuartillo de aroma a libro viejo y oleo nuevo, se sienta en la ventana para verla partir con tal vestidito negro que tanto le gustaba usar los días martes.

Esa noche mientras Dalí miraba la clara luna; Gala asomaba ya no con el sonido de sus tacones, sino con una carcajada que iba del brazo de un buen mozo –Era la primera vez en que Dalí veía sus dientes – Salió una efímera lagrima de impotencia, no por ser tal joven de smoking que llevaba tan magnificente compañía del brazo, sino por botar en el caño siguiente a su casa una hoja con  idolatría nadaísta en un sentir ameno por una persona tan lejana a él.

La mañana siguiente Dalí no se asoma a la ventana, sin embargo el timbre lo despierta con desdén hacia un mundo del que nunca ha esperado nada, pues ya se había acostumbrado a las normalidades que sus necesidades monetarias le habían impuesto; la mira, era Gala con un recibo  que mostraba la dirección de su buzón, lo entrega, sonríe cálidamente y se marcha haciendo escuchar de nuevo sus zapatos de tacón. Fueron veinte segundos en los que la mirada de Dalí se perdió en la nada, en la figura de esa mujer vaga de sus pensamientos; se da la vuelta, abre el cuartillo y escribe rápidamente, finalmente en un atardecer anaranjado con un matiz de tristeza, Gala revisa su buzón, viendo un papel oleo diciendo:

“piel tenua de tez cálida y acaramelada, sucia por el polvo de unas sábanas ajenas, piel muerta y usada ¡quítatela y entrégala! Usare tu oreja de llavero y tu mano como forro para mi bastón. Anda putita, quítate ese sazón que te marca, libérate de tus convicciones pues te miro desde mi ventana; por qué te cuesta tanto mujer; por qué no miras las cansadas mejillas en el espejo; dime por qué tu silencio es femeninamente vulgar para este enfermo: dime sol de pradera ya seca por qué reluces en tal paraíso; tengo tantas preguntas para tu ser mujer enaltecida. ¡Háblame mujer! Infeliz de mis letras, feliz de amoríos; me resigno a tu tonta normalidad encantadora y fascinante tal vez yo no sea un pintor tan arpía y logre entenderte en algún momento; sí, estoy enloqueciendo por tu ser, cargaré junto a un cigarrillo y un café tu imagen mujer. Por favor no levantes la mirada mientras te observo pues eres más bella al saber que este bohemio no tiene existencia.
Eres mi nada, eres mi todo, te pinté en la última escena de mis antojos”

Gala desesperada mira las ventanas que la rodeaban, hizo un paneo de extremo sol a luna y llega a la casa del frente donde Dalí sentado desde la ventana junto con un cigarro le dice adiós. Ella se desespera, corre a la puerta que para sorpresa estaba sin seguro, sube las escaleras, encuentra el cuartillo y ve a Dalí sentado en el marco, al verla se lanza y muere sin pensar en la caída; Gala se asoma por la ventana y llora por el desconocido; da la vuelta y a sus espaldas se da cuenta de una manta gigante que decía su nombre, si, era un cuadro que olía a oleo nuevo con pintura de acuarela, era ella con su vestido azul de jueves – el mismo que usaba ese día-, mirando por la ventana la eternidad de los mares, era ella, Gala la eterna en los ojos de Dalí.

Tatiana Castro

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