jueves, 22 de diciembre de 2011

Un día

Desperté temprano a cuidar a mi hermana, quien se encontraba en un llanto insaciable por el seno materno, la dormí en mis brazos hasta ver que sus ojos se cerraban con una dulzura que ya era ajena a mis entendimientos. Tomé en mis brazos su delicado cuerpo y la acomodé en un arrume de cobijas que seguramente se calentaban era por abrazarla; vi sus ojos cerrados y medite la similitud de su cara a la mía, no existía alguna, entonces me levanté tranquila al saber que no se parecería mucho a mi.

Cogí una toalla blanca que es mi favorita desde hace muchos años, creo que ya ni me seca el cuerpo. Entré a mi cuarto hasta abrir el picaporte que no era necesario en la puerta del baño ya que siempre se quedaba trancada por lo estrecho de su marco, me desvestí y por lo general antes de entrar a la ducha me aseguro de que el agua queme como para pelar un pollo; salgo y me visto pensando qué ponerme hasta que me enfrento a la crueldad de mi guardarropa y me resigno a la comodidad de colores no bien combinados y pantalones que no me hacen ver de trasero esplendido; tomé a mi hermana y su sonrisa con dos dientes apenas asomados me dicen - ¡buen día! hueles por fin mejor que yo.

Me despedí de mi abuelo que llora más que Sofía por usar muletas después de su operación, me resulta cómico, puesto que ellos si se parecen ya en lo calvos. Subo una pendiente que me deja el corazón al borde de una taticárdia por lo sedentario de mi cuerpo y me apoyo con fuerza en la puerta de la nana de mi hermana, abre con lentitud y con la mano en el corazón me alejo de un ser que me hace sentir en una sonrisa la inocencia que al mundo ya no le sirve.

Bajo trotando para alcanzar uno de los más detestables momentos de cualquier bogotano, el trasmilenio que es una condena de calor humano indeseable. Bajo en el alimentador y detesto por dos segundos a la persona que me tira las pocas vueltas que quedan de mi billete de cinco mil, tomé el C15 y me senté en la ventana, ¿te he contado que me gusta pensar en el bus y que sin darme cuenta dejo de parpadear para no perder la idea seguramente? No pensé nada esta vez sólo deje de parpadear y sentía cómo ya ese paisaje no cambiaba en nada el pensar, es decir, me di cuenta que vivía en edificaciones de bajo valor semántico, o no, mejor me di cuenta que vivo en medio de gente que le vale nada la semántica.

Caminé a la universidad cansada del transporte y vi cómo la entrada era como un laberinto que ni siquiera después de un año de conocer yo lograba descifrar. Me senté esperando la carta para lograr pagar la malnacida factura de mi semestre que por cierto no quiero cursar ¿te he contado también que me quiero cambiar de carrera? Bueno después de dormir una hora en un sofá de una oficina fúnebre, logre salir al banco y pagar (no hay mucho que contar, eso de gastos monetarios no es mi fuerte).

Volví al transmipopo y esta vez me fijé no en la ventana sino en mi congénere del lado. Al principio una señora leyendo un libro de auto superación en el cual los temas ocupaban media página (se nota que el escritor se mató la cabeza); seguido de ella un tipo de gafas oscuras y lo suficientemente gordo como para casi sacarme por la ventana y así mire del otro lado de la calle el caos de la feria navideña, en la cual los padres que se separan le remuneran la soledad a sus hijos a punta de regalos.

Recojo a mi hermana y como de costumbre mi abuelo me la arrebata para así yo tener la tarde libre en pensamientos sueltos y muchas veces no escritos; en otros momentos decido tender las camas con el remordimiento de saber que en la mañana siguiente estarán en el piso las cobijas que son arrebatadas por un ajetreo de normalismos.

Antes de quedar dormida a eso de las tres de la tarde leí un poco de las mil y una noche y escribí en una de las muchas cartulinas que llamo memorias. En ellas, hay mucho de lo poco cuerdo de mi ser; a veces las leo y medito es en lo horrible de mi letra, pensaba que si cuando me muriera existiría alguien que pudiera entenderla y después quemarla por la atrocidad que leyó; en fin, continuo con el no sé qué de esto que escribo. Me levanto y chocó con el cambio de cosas de mi habitación, entre esas un violín colgado en la pared que me mira con desdén por el olvido.

Soy taciturna y tomo café, no duermo sino hasta las dos de la mañana por lo generar perdiendo la luz de la noche y así, durante años espero que el árbol de mi cuarto se llene de más libros leídos y yo de más arrugas por los días que me arrebatan el existir.

Tatiana Castro

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