En la madrugada a la luz de los faros no distantes al cuarto, se logra ver el reflejo de un cuerpo; es de altura media, piernas cortas y flacidez en su vientre, una espalda con dos cicatrices pasajeras que se notan en la penetración de la luz del baño al cuerpo del cuarto, se ve el espejo, se ven los arreglos que se tienen que hacer antes de salir a los prejuicios convencionales, se desilusiona, pues apenas salga de casa se dejará de amar a tal figura indefinida para lo que se llama sociedad.
El cuerpo frágil pasa a la ducha, no piensa, sólo siente cómo las gotas de agua hirviendo se deslizan por su cara ya sonrojada por el vapor; desliza el jabón para acariciar una piel con llagas hermosas, para sentir el tobogán que tal vientre hace sentir en su camino al ombligo perdido.
Tres portazos quitan la frívola utopía… desde ese momento el cuerpo sale para pasar a ser nada más que una imagen en medio de una exhibición de hojas blancas sin sabor.
Tatiana Castro
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