Era evidente su molestia, el hastió durante tantos años le ha hecho ver una nueva luz, no prendían mis ojos aunque estuvieran abiertos, hablaba sin saber qué era lo que decía, supongo que desde pequeña me entrenaron para eso, para decir sólo lo que se necesita en el momento, eso da impotencia, pero a la vez no se sabe cómo cambiar, cómo empezar de cero imaginando que el pasado es un mal sueño y esperanzarse vagamente de que de los errores también se aprende.
Jamás imaginaba tal noticia, creo que nunca me imaginé que la vida que había podrido con mi mala hierba podría volver a renacer y menos con un tipo de esa calaña. Bueno no es que el que me halla engendrado sea una especie de buen carácter es sólo que no tuvo tanto tiempo para tratarla mal. Mi respiración y mejillas empiezan a bombear más sangre, oxigeno y rabia por saber que el cielo se derrumbaba, que Bogotá es una ciudad de seres sin sentido incluyendo aquel que se asomaba tan repentinamente a la puerta de mi hastiosa vida.
He imaginado cosas desastrosas, que mi mamá está vieja, que no esta con el hombre perfecto y que la pleitesía hacia los hombres en mi casa es medieval y corriente, como si respirar fuera un pecado y opinar no fuera un derecho, no pido que los escupan ni mucho menos, aunque se lo merezcan de vez en cuando, pero por lo menos que el pedazo de cama que ocupan cada noche sea de ellas y no una reserva para acomodar el obeso cuerpo de sus hombres.
Traer al mundo una vida es descuadrar la vida del mundo, es imaginar todo igual pero con niñadas apestosas y molestas que no dejan dormir; es como una droga que a veces te hace reír pero también es un vicio que no se te quitará porque la cura es antes de los nueve meses…
Tatiana Castro
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