Dolía la garganta, su olor era desagradable, tal como lo que ya venía; entré a la ducha, otro paquete, amarillo, quería que pasara rápido, que no tuviese tiempo para arrepentirme, quería el comienzo de mi final, quería tenerlo en mis manos, todo iba bien hasta que vomité con gran furor...
Sentía que el alma era aquel flujo amarillo, tal como las malditas pastas; ya tenía dolor, más de lo que la normalidad me produce, no sentía que terminara aunque la decisión salía de mis manos para pasar al desagradable estómago social, repito lo amarillo, pasa a un poco castaño, creo que eran mis pensamientos vagos.
Mi silencio, lo recuerdo, sólo se puede recordar, no siempre se tiene en el momento que se quiere, es más lo irrumpen, ya es ajeno, ya no me pertenece, a nombre de esto una pastilla amarilla más.
Luego, a petición ajena, una cita indeseada por ambas partes, eso de cuidar vidas ha de ser difícil, creo que más difícil que tenerlas.
Recuerdo sus manos con agua, un líquido próximamente ajeno, yo me encargaba del mío, ese desagradable, el de los nervios, hasta por un sentimiento natural ya estamos puercos.
Más pastas, no por mi voluntad, sangre recolectada con una infección, por otro lado yo, este cuerpo, este lugar, quiero otro, quiero el silencio, un abandono a mi vómito y de paso quisiera descansar del ajetreo ajeno, de la incertidumbre de ellos,
Quisiera dejar algo, una letra, tal vez un nombre, pero me enseñaron a ser egoísta, y ahora, me quedo con todo para mi misma.
Tatiana Castro
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