Me dirigía a la escuela que mi mamá había elegido, comienzo a pensar que ella debería asistir en mi nombre, mente y autonomía ya que no era de mi agrado tal cambio, pero tampoco he de acostumbrarme a las cosas y la gente, pues la agujeta del adiós cuando se quiere ya no va con mi mirada; era grande y sombría, tal como la fachada de una funeraria con miles de vidas en proceso de iniciar un nuevo viaje, tal como los gustos de mi enamorada madre.
Sentía que era necesario hablar con alguien, pero después medite en un silencio que realizaba la maestra mientras pensaba qué trabajo poner para que nuestras tardes no fuesen tan poco productivas; que no era necesario, que tal vez el cuaderno tenia las suficientes paginas para escucharme, las suficientes arrugas como para guardar experiencia y uno que otro manchón que quiero asumir como una lagrima que compartió junto a mi.
Como presentía, aquella tarea que no demoré en hacer brillaba, no por dedicación, creo que son esos momentos en los que el sudor de esfuerzo y la mano de creatividad lustraran aquellas letras que poco importaban a mis compañeros tal como a la que quería una solución. Con el paso del tiempo aquel colegio que en fotos se veía como el más aburrido de toda la ciudad, se convirtió en un lugar donde mis pensamientos y mis invenciones eran acogidas; todo era normal, todo, hasta que me enamoré…
No recuerdo realmente el día, de pronto porque jamás quisiera que se repitiera, solo sé que cautivo, que no era el que yo esperaba pero si aquel que necesitaba. Jamás hablábamos, él, por un lado se escondía en sus remotos pensamientos que levantaban las ínfulas del amor de las niñas, pero yo, tan solo lo contemplaba, no quitaba mi mirada de los libros, pero respiraba el aroma que su piel dejaba en aquel pasillo solitario, porque a decir verdad muchas personas no me parecían lo suficientemente importantes he interesantes como para considerar que existían, en realidad, solo un día cruzamos palabras importantes, el resto eran conversaciones estúpidas que surgían por no saber qué decir pero aparentando que eran lo suficientemente interesantes como para no permitir que el otro se apartara.
La verdad lo ignoraba, detestaba ver en los pasillos niñas que se morían por sus palabras, que aunque interesantes no dejaban de ser una burla para las idiotas que se fascinaban por eso, algunos chistes me hacían reír y hasta los repetía con gran entusiasmo, pero aun así no dejaba de ser una más. Con el paso del tiempo entorpecía al hablarle, me aburría fácilmente a su lado, tal vez porque jamás tuvimos nada que me interesara de verdad. Recuerdo cuando hablamos por largo tiempo, era de noche, recuerdo que ahí comenzaron mis desvelos; me gustó, por un lado, él no se daba cuenta de la cara de estúpida que ponía con aquellas palabras que en otros contextos serian realmente irrelevantes y por el otro, detestaba que fuera así, pensándolo bien, al otro día lo quería escupir de mis pensamientos.
Jamás llego a mi corazón, o por lo menos era lo que yo pensaba, era prevenida, cautelosa, además desinteresada por aquello que enamoraría a cualquiera, es que están estúpido enamorarse con un primer beso, es mejor jamás deslumbrarse tan rápido para acabar desilusionándose lentamente. De pronto eso era lo que yo quería, jamás desilusionarme de aquel desgraciado que se robaba mi aire, quería que él pensara que lo detestaba, pero no, astutamente se dio mañas para esculcar mis pensamientos sin yo darme cuenta, parecía un ángel, en la distancia sentía que me miraba, sentía que su calor me necesitaba.
Logre finalmente desgarrar parte de aquella obsesión o como ustedes lo quieran llamar; todo hasta que lo besé, no fue mágico ni nada por el estilo, pero si pareció que fuera eterno, que ya conocía esos torpes labios que paulatinamente hidrataban una lengua ajena que se quemaba, que ardía y que quería suprimir aquel beso que dejo esquirla en la piel, era tan placentero que quería que terminara rápido, no quería que llegara a mi corazón, que matara lo que soy, un orgullo que no deja ver debilidad. No sé si logré, retirar aquellos labios rápidamente y aunque yo ya bajaba las escaleras, sentía sus manos tocando el aire, eso que desde hace tiempo me había robado.
Sentía sus pasos, parecía un mortal cuidando su creencia; la idolatración deja hastió, pero hace feliz al mas miserable mendigo. Era mi ángel, un ángel que dejo una llaga incurable en mi boca que se dispersaba por la mente para regir el alma, ya no vivía, estaba enferma, tenia sed de su saliva, esa que me genero desvelos interminables y trabajos torpes.
Paso el tiempo, uno que queríamos vencer con miradas, un enemigo del recuerdo. Me tenia que ir, todo concluye, hasta la enseñanza, yo ya tenia que caminar, no podía quedar con mis dedos entre lazados a unas manos que me miraban con desdén por mi aparente abandono, pero es que no entiende, pero es que eso del amor lo confundió con posesión, eso de querer se le olvido por no aprender a perder. Yo miraba hacia atrás, quería recuperar por segundos el aroma que dominaba mis letras, quería que la brisa le pegara una cachetada para su reacción.
Sin pensarlo tropecé, no me miro, sólo recibí una mofa para evitar ayudarme, creo que pretendía no mirar hacia abajo para no ver lo frágil que era por su culpa; la verdad yo no pensaba en aquel golpe y es que la verdad no dolió aunque sangraba, creo que él lo deseo, quiso que cayera para poderme ignorar, para poderse dar cuenta que ni el amor ni yo lo podíamos retener, no grite, no lloré, sabia que había terminado, que dejaría de creer, por eso desde ese día deje de rezar…
Tatiana Castro
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